Realidades en otros Universos.
–¿Crees
que tus bélicos empeños harán que su alma plante derrota a sus pies? ––el
diestro artista le increpaba a su pintura––. Menuda tempestad… ¡Ya te enterarás
de lo que este buque puede hacer!
–Pero
qué pintoresca escena, tú desalineado, sin comer, y con tu terquedad a brote
como la espuma del tarro de cerveza que te serví ayer y que sin duda ni un
sorbo le has dado. ––Dijo Razo, el músico––. Atención amigo mío, lo mejor es
que te calmes y busques otro tema, algo que no tenga que ver con mares, barcos
y tempestades… mmm sugiero, ¿paisajes?
–Mi
querido Razo, siempre tan calmo y tan cómodo tú, ¿Qué no ves que de esto mismo
estoy hecho? ––Dijo el desdichado, pero férreo pincel humano––. Yo estoy tejido
con este rugoso telar, me gusta abrumar al otro, desafiar mi suerte, sorprender
al universo… vamos, ganarle a mi destino. Tantas veces te he visto llorar y
conmoverte con las cuerdas de tu guitarra, cuántas veces te he sentido odiar a
la curvilínea madera y amarla en la mañana. Pues bien, es como si te quitara
eso que tanto te mueve.
–Sabía
perfectamente por dónde me llegarías ––Replicó con aire socavón el diestro
pulsador––. Sólo que, mi loco hermano, yo no tengo el peligro de perder mi
último regalo… Sabes perfectamente que a nuestra gente se les dieron un rojo
rubí, un zafiro azul y una esmeralda verde. Sabes que los artesanos de la
pintura, como tú, suelen ser un tanto… ––pensativo buscando la palabra exacta
para no herir a Meras–– especiales. Entiende mi amigo, mi hermano, sólo te
queda la esmeralda y ya se la has dado a esa pintura que, a mi muy humilde
parecer, no confía en ti, como que no siente que tú la puedas terminar.
–¡Ay
mi hermano! Por ahí hubieras empezado, creí que tu daga intelectual, tan aguda,
tan precisa para crear música, estaba haciendo pedazos mi obra. ––Le contestó
con aire más calmo y cálido––. Mira Razo, sé perfectamente los peligros que
lleva de forma intrínseca la vida de nuestra gente, también sé que tú no has
dado ni un regalo ¿y sabes qué? Lo entiendo, comprendo tu postura tan erguida y
punzante que tienes. ¿Crees que no tengo la razón lista para advertirme que mis
dos pasadas piedras preciosas se quedaron en otras dos pinturas que ni siquiera
yacen a mi lado? No te compadezcas tanto de mí hermano.
–No
es compadecerme de ti, es que mi corazón se inquieta al saber que no tienes más
en tu interior luz que brille ––Tocando el hombro de Meras, Razo se conmueve––.
Tu buscar de técnicas, colores, luces y sombras se ha convertido en destrucción
más que creación. Y ahora que has depositado tu último brillo a esa obra que,
sin duda, es una de las más perfectas sino, la más perfecta de todo tu copioso
y voluminoso firmamento. ¿Qué te hace confiar tanto en esta, tu posiblemente,
última obra? ¿No te da miedo perder tu gracia, tu brillo? Pasarás a ser como
ellos… un frijolito más al gran costal de la historia.
–Razo,
tú te preguntas si no tengo miedo, te aterras en caminar como los demás, los no
agraciados según tu concepción, pero te has puesto a pensar quizá que la
cualidad primaria de nuestra gente es arriesgar su brillo por la pasión
desbordante que simplemente se crece y desarrolla por la lluvia, el amor, la
pasión, el dolor, la tierra o quizá simplemente el rocío matinal ––Meras se
unge en un brillo plutónico–– ¿Será que tu llanto a mitad de la noche es por
algo o por alguien? ¿Será que también tú te has despojado de un brillo? Cierto
es Razo, que nadie de nuestra gente sabe cuántas estrellas te sobran en tu
pecho, ni siquiera yo, tu mejor amigo. Y, mi hermano, el llanto puro, tu odio y
premura cuando pulsas tu mujer madera, no sólo corresponde a la pasión por
nuestro arte o gracia… sino a algo más.
–Meras,
no es necesario justificar un consejo en el acto del que aconseja. ¡El consejo
de quien te lleva en las venas se justifica en tu actuar! ––Razo se vuelve juez
de hierro y diamante y sus ojos se vuelven rojos rubíes––. ¿Es correcto que enloquezcas
por la pintura que haces? ¿Es, siquiera pensable, que además entregues tu
última estrella? Ahora quieres hacer una exploración a quien sólo su
pensamiento marchita por tu incierto futuro…
–¿Cómo
quieres que viva mi hermano, si esto me mantiene flagrante y brillante? ¿Cómo
piensas siquiera, que yo no he evaluado los dos únicos resultados de esta
empresa? ––Meras y su calidez enrojece el estudio donde se encuentran, paz y
tranquilidad a flor de piel––. No repasaré el primer camino, tan obvio y
evidente como la muerte, más bien te llevaré al segundo de mis atajos. Quiero
que te vistas con mi incertidumbre y mi fe por un momento… Te has puesto a
pensar, con esa aguda y fría cabeza que tienes, ¿Qué pasaría si el barco que
pinto vence a la tempestad? ¿Qué pasaría si el artista se vuelve arte? Tendrías
mi más perfecta creación aquí, en este estudio donde la música y la pintura
nacen y vuelan, me tendrías fusionado a esta acuarela, me tendrías navegando
con ella… la dama del buque.
–Continua… ––Serio––.
–Ven, acompáñame…
Aquí, en frente de mi pintura ¿Qué ves? ––Emocionado el corazón de Meras,
contagia a Razo––.
–Lo que veo es
una mujer, blanca, cabello suelto y negro. La miro hermosa Meras, la miro
delgada y fuerte. ––Razo se entibia y se deja llevar por la imagen perfecta––.
Veo que es una estrella blanca y brillante, lo único radiante entre el mar
pavoroso, el buque hierro y el cielo oscuro como el carbón. Miro y siento que
está luchando con la marea tempestad. Siento su fuerza al izar velas y
controlar el rumbo del barco. Pero también veo duda, también veo miedo…
comprensible del todo creo, es todo menos fácil enfrentarse a los dos gigantes:
el cielo y el mar. Lo que más me aferra a tu pintura, es que a pesar de su
pequeña facha y su esbelta figura es hermosa Meras, ¡Es hermosa! Sus ojos,
mirada penetrante, labios grandes, cabello encabritado… casi huelo su dulce y
suave aroma. El detalle… el nivel de detalle, de arte, de fina orfebrería, de
agudo telar con la que confeccionaste a esta pintura, a esta mujer que me
detiene el corazón pero no de muerte sino de emoción. Casi confío en que ella podrá
vencer cualquier erupción, cualquier tempestad y peligro, casi me enamoro de tu
mujer blanca…
–¿Ahora lo ves
Razo? ––Lleno de emoción y su corazón lleno de color Meras abre más sus ojos––.
¿Ahora sientes por qué quiero entrar a la pintura, por qué entregué mi última
estrella a esta composición? Quiero volverme pigmento pincel para poder navegar
la eternidad con ella, es por ello que necesito ayudarla a sortear las salvajes
marejadas. Confío en ella y en mis pinceles… Confía en mí mi hermano, confía en
ella. Ella ha tomado mi corazón y yo le he proporcionado vida a esta pintura
con mi último fulgor.
–Ven Meras, ––Tomando
su guitarra con una suavidad incomparable––. Acompañaré o, mejor dicho,
ayudaré a ti y a tu mujer blanca a sortear el pavor con mi música, tocaré como
nunca pensando en que no perderé a un amigo, sino que ganaré su felicidad
eterna.
–¿Quién más,
sino eres tú amigo mío? ––Meras toma el pincel con brío y continúa difuminando
el mar y tratando de separar las nubes para dar luz al barco––.
La escena se decanta en una infusión
de anhelos, incertidumbres y objetivos, los cuales alimentan el estudio de
estos dos personajes. El estudio lleno de pinturas, libros, lienzos,
caballetes, atriles, partituras y un piano cobijan al pintor y al músico. Ambos
con la intención bien firme de alcanzar la meta única de todo ser: la
felicidad.
Comentarios
Publicar un comentario