El mito de Asile y Numedain.
Indigna Génesis
El dolor es continuo... Continuo como el
lejano caer de la gota que mantiene la incertidumbre roja como herida abierta.
¡Ay por él que no aguanta más! Escucha intrigas, crujidos, lenguas y viseras golpeteando
su descanso, ¿qué es o qué son? ¿Por qué
taladran mi corazón con tan cruel y aguda espina? ¿De dónde vienen esos
talantes empujes que desbaratan mi corazón? ¿Qué no ven que ya nada crece en una
flor marchita? Cada ocultar solar es
así, ya no sueña... él quiere descansar... por
qué... sé lo que era yo y no lo quiero... me caigo, me acostumbro al taladro...
me caigo… mis ojos cierran su resistencia... me caigo… ya mañana, hoy descansaré...
La luz se asoma, y no reconoce el
reflejo de la persona que mira en el espejo, es tan tajante, tan fría, tan
necesaria para enfrentar el invierno permanente. Es como un antifaz que engrosa
el espíritu de los ciegos para cautivar, engañar o jugar con el otro, aquel que
no entiende porque no se entiende. ¿Cómo
enfrento la daga del Heraldo cuando éste se acerca para desgarrar mis
cristalinas venas? ¿Cómo evito que el huracán no arranque los tres pétalos que
le sobran a la flor? Se derrama poco a poco el cuarzo líquido de mi alma… ¡No
hay otra forma! ¡Blandiré la espada de Júpiter y calcinaré aquellos esqueletos
que caminan sin saber a dónde se dirigen! ¡Convocaré la máscara definitiva! ¡Nadie
podrá saber el color de mi amatista!
El monolito se ha alzado, alto, poderoso,
pesado y letal… cualquier cosa que toque la dorada fornitura se electrifica y
se divide… muere. Cada paso que da mi alma con tal salvaguarda suena a mil
truenos quebrando las montañas. Los bosques, ríos, veredas, pasos se parten en resonancia
moribunda y mortal, las hojas, raíces, metal, roca y sangre se atomizan al
ligero toque de la espada que defiende mi atormentada facha. Las demás
existencias se asombran del rugir de las botas, de las chispas que deja la
rodela al rozar el suelo… le temen y le aman, le odian y le besan. ¡Nadie atravesará
la dorada montaña!
El niño no se asoma, no toca ni sol ni
luna, no bebe ni come, el monolito lo defiende con pavoroso amor, con necesidad
esquizofrénica de retener su jugar. La dorada fornitura lo abraza tan fuerte
que el retoño se duerme y sus raíces languidecen en una eterna espiral onírica…
“Duerme niño, que afuera sólo existe el
silencio desolador de las ciegas calaveras danzantes… duerme”. La plántula
se confunde, no sabe el porqué de la existencia del Titán dorado, ¡ay para el
pobre vástago! No sabe que no hay tierra fértil que le brinde agua y luz…
Bendita Fractura.
Una Existencia se presenta en frente del
poderoso pilar dorado… ¡Cruje su yelmo diamante! ¡Su escudo dorado se ha
fisurado! Su sólo mirar ha bastado para provocar semejante grieta, lastimó al
destructor de montañas, hirió al azote de los ciegos… Aquella Existencia no se
ubica dentro de lo evidente y común, es blanca y delgada, como un fino hilo de
marfil satinado. Se mueve como el listón que se deja correr por el viento. Su
volar es suave, alegre y juguetón, como el riachuelo que nace y corre, crece,
cae y llega al infinito azul. La conocen como Asile, el resplandor y domina las antiguas artes de la manipulación
del color, de la roca, madera y metal… sus manos pueden crear creaciones de luz
y color propio, pero también abominaciones infravitales.
Las existencias se transforman en pesadas
estatuas al ver el enfrentamiento de Asile y el Yelmo dorado. ¡Maldita sea la
hora que le llevó a Asile a enfrentarse a tal apopléjico ser! La vida que yace
cerca de Asile se lamenta, se enfurece y se conmueve ¡ay nuestra Asile, ay!
Pero el movimiento del poderoso pilar de inamovible voluntad se mortifica, se
paraliza… el calor y la paz de el resplandor
se tornan más y más brillantes… la grieta del monolito se divide en mil por
mil, se colapsa y una centella solar destruye a la pavorosa muralla dorada…
El niño aparece en el suelo, dormido…
basta sólo un paso de Asile para que un orbe de azul jade cubriera a la
plántula… ¡Bendita burbuja de incontenible energía! ¡Ah llegado el oscuro navegante!
Por Numedain le conocían en tiempos remotos. ¡Numedain, el terror del destino! ¡Ha
llegado, por fin a llegado el Heraldo! ¿Pero quién ha derrotado su voraz
carcasa? ¿Quién ha librado la belleza de tal imponente esperpento? ¡Asile el
resplandor!
Numedain se acerca, lentamente hacia ella…
se dobla a sus pies y le besa el vientre en el más humilde gesto de amor…
desaparecen, ambos desaparecen.
Quizá la tierra haya perdido a dos
potencias, pero el universo ganó un par de fulgores. Esta es la historia de
Asile y Numedain, las dos estrellas más brillantes del cielo.
Maniau! Saludos soy Sandra, compañera de la Nacional. Que bonito cuento, me gustó mucho. Te mando un fuerte abrazo y un beso!
ResponderEliminar¡Sandra! Es un gusto saber que te agradó la experiencia escrita. Creo que, como en la música, el artista debe atender sólo a la motivación de hacer sentir al seducido, cosas únicas en su alma. ¡Gracias!
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